La belleza y el dolor del alumbramiento de un volcán

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25 Oct La belleza y el dolor del alumbramiento de un volcán

Ser testigo del nacimiento de un volcán y poder vigilar su desarrollo en tiempo real gracias a los nuevos canales de comunicación es sumamente impactante. Desde el 19 de septiembre hemos seguido la evolución de la apertura de los cráteres de la montaña de Cumbre Vieja, en la isla de La Palma (Canarias), a través de la transmisión en directo 24hs que mantiene la Televisión Canaria… y no cabe duda que nuestra capacidad de asombro es ilimitada, pues el nuevo volcán solo nos provoca asombro con cada una de las facetas que nos descubre a diario. Ver el volcán en vivo es una oportunidad excepcional, es la ocasión de experimentar con todos los sentidos el despertar de la Naturaleza.

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En este seguimiento de noticias y entrevistas a los pobladores de la isla de La Palma, llamó nuestra atención el hecho de que es preocupante perder la actividad turística de la isla, ya que no solo están lejos de una recuperación económica por los embates de la pandemia, sino que los crecientes destrozos en la actividad agrícola por las emisiones del volcán y todo lo que va devorando a su paso vaticina un panorama poco esperanzador. Y es que hasta hoy, un 85% de la isla no sufre directamente los estragos destructivos de la erupción, pero sí una sensible caída de la actividad económica tanto por la falta de visitantes como por la gente que ha ido abandonando el territorio. Bueno… quizás solo atendimos a lo que queríamos escuchar: “Visitar la isla, hacer turismo y ver el volcán es posible”. Lo cierto es que al día de hoy, no se ha emitido un solo mensaje que sugiera no visitar La Palma. ¿Es entonces una idea descabellada?

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Con la intención de no ser insensatos, contactamos con la Oficina de Turismo de La Palma, donde con toda amabilidad nos proporcionaron información clara y actualizada acorde a los sucesos del día, ya sabemos que las cosas van cambiando y a veces demasiado rápido. Una vez sopesados los pros y contras, nos animamos a viajar.
Tuvimos en cuenta la promesa que hace la aerolínea que realiza los vuelos directos a La Palma, en su campaña de “flexibilidad”, es decir y según informa su página web (hay que leer con lupa todas las condiciones antes de comprar) se pueden cancelar o cambiar vuelos sin perder el dinero. 

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En cuanto al alojamiento, solemos utilizar una aplicación de reservas y también nos aseguramos de que, en caso necesario, podríamos cancelar sin penalización. Como nunca antes habíamos visitado La Palma, estudiamos el mapa y optamos por hospedarnos en el norte, en una pequeña casa rural, en la zona de Franceses. Por cierto, resultó ser un lugar idílico al que se accede por un camino muy sinuoso, pero que vale mucho la pena por sus vistas increíbles al mar, el avistamiento de todo tipo de fauna local y el trato cálido de los anfitriones, que también nos expresaron su malestar ya que solo habían recibido cancelaciones para las siguientes semanas. Este punto, se encuentra a unos 70 km del volcán, entre montañas al norte de la isla, por lo que no se ve ni se escucha nada de su actividad, seguramente ni siquiera llegarán las cenizas a esta zona por mucho que sople el viento en esa dirección. (Esto es una hipótesis nuestra basada en otra experiencia vivida en México).

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El jueves 7 de octubre hicimos todas las reservas de vuelo con previsión de viajar el domingo 10, incluyendo la renta de un coche. También nos informamos sobre los cortes de circulación y estado de las carreteras.
El viernes 8 de octubre supimos por el telediario que el aeropuerto de La Palma se había cerrado, debido a un cambio en la dirección del viento que arrastró las cenizas hasta ahí.
El sábado 9 de octubre por la tarde se anuncia la reapertura del aeropuerto.
El domingo 10 de octubre nos presentamos en el aeropuerto de Madrid para tomar el vuelo directo a la Palma a las 8.20 a.m. Luego de anunciar retrasos en dos ocasiones, a las 12.00 pm apareció la tripulación en el mostrador de la puerta de embarque: “volamos”, anunciaron. Nos explicaron que ante la menor duda de riesgo no podían despegar, pero ahora todo estaba bien. El vuelo se llenó.
Luego de tres horas de trayecto, llegamos a La Palma, fuimos a buscar el coche y arrancamos rumbo a la casa rural. Aunque había un poco de ceniza en las inmediaciones del aeropuerto, no se percibía nada más que nos indicara que estábamos cerca de una erupción volcánica.

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Después de un rápido check-in en el alojamiento en los Franceses, nos desplazamos por carretera hacia Los Llanos de Aridane, el GPS nos empezó a advertir acerca de los tramos cortados y los desvíos a causa de la emergencia. Es destacable la perfecta organización de todo. Las autoridades locales resguardan por encima de todo la seguridad de las personas. Durante nuestra estancia, nunca nos sentimos en peligro, pero sí es descorazonador conocer de cerca la pena de quienes han perdido sus casas, negocios, cultivos.

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Llegamos a Aridane, el olor a azufre se notaba cada vez más, y fue al salir de una curva de la carretera, cerca del entronque de la LP1 con la LP2 cuando, tuvimos la primera vista del volcán y sus ríos de lava de inconfundible color naranja fosforito, que aunque era de día, resaltaban bien sobre el terreno por el que discurrían.

Encontramos una zona de aparcamiento y pudimos bajar del coche. Sentimos el rugir de la tierra, un estruendo que se superponía a cualquier otro sonido, grabándose como algo nuevo en la memoria auditiva, al tiempo que la vibración de la tierra se iba instalando en las vísceras. Ahí estaba, su penacho de fuego permanecía rodeado de un halo de chispas y fumarolas espesas, a veces oscuras, a veces blancas.
Nos unimos a un pequeño grupo de personas que contemplaba el panorama, «¡Madre mía!» se escuchaba cada poco. Al cabo de unos minutos algunos locales, muy amablemente, nos indicaban por dónde ir y por dónde no.

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Continuamos por la carretera LP1 y luego por LP213 hacia La Laguna (municipio de Los Llanos) y dimos con una amplia glorieta cerca del Camino Martelas de Abajo, flanqueada por extensos platanales, que al estar en alto resultaba un sitio muy favorable para observar el fenómeno sin molestar. Aunque las calles se encontraban cubiertas por considerables cantidades de ceniza, los coches circulaban con fluidez.

Resultaba curioso ver que la incandescente actividad del naciente volcán de Cumbre Vieja ya estaba totalmente integrada en el día a día de los habitantes; unos caminaban tranquilos por la calle, otros compartían las últimas charlas con los familiares a quienes despedían en el portal de casa, quizás, tras haber merendado juntos esa tarde de domingo y no eran pocos los que se dirigían al bar cercano para ver el partido España vs Francia.

 

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Instalamos nuestro trípode y cámara en uno de los montículos de aquella glorieta que regalaba espacio de sobra para propios y extraños que ahí se acercaban a terminar la tarde. Al tiempo que a nuestras espaldas caía el sol sobre el mar, el volcán y sus emanaciones irradiaban cada vez más luminiscencia. Entre los vigilantes: una madre y su hijo adolescente fijaban sus prismáticos hacia el cráter (entonces solo había uno). Fotógrafos solitarios experimentaban con sofisticados equipos. Algunas familias permanecían sentadas en el césped tomando la merienda y ver el volcán. Todos compartíamos el sobrecogedor asombro avivado por las variantes sonoras de los rugidos y por el hipnótico vaivén del penacho. Nadie hablaba, era como si un instinto primitivo nos obligara a rendir respeto, acaso culto, a este desbordamiento de la Naturaleza.

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También había quienes paraban por ahí para echar un rápido vistazo de control, «¿me dejas tus prismáticos un momento?», nos decían, «es para ver mi barrio y cómo están las casas». Se trataba de uno de los vecinos de la zona evacuada.

Mirador del Time

Pasadas unas horas, nos retiramos para volver al alojamiento, pero antes hicimos una parada en el Mirador de Time, que es ya todo un referente para ver cómoda y relajadamente el volcán. Además de ser un mirador público, hay un restaurante-bar con una muy extensa terraza con mesas que ofrecen vistas a los valles de Aridane, al de las Angustias, a las plantaciones de plátano, al puerto de Tazacorte y, por supuesto, a la Cumbre Vieja. Este lugar está situado a unos 700 metros de altitud, sobre la la carretera LP-1, entre las localidades de de Los Llanos de Aridane y Puntagorda.

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El Roque de los Muchachos

Lunes 11 de octubre. Nuevamente nos encaminamos hacia el sur, pero antes pasamos a visitar el Roque de los Muchachos, el punto más elevado de toda la isla y que ofrece asombrosas vistas del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente. Aquí se encuentra el Observatorio Astrofísico del Roque de Los Muchachos (ORM), un agrupamiento de telescopios, que son de los más completos del mundo. La Palma es uno de los destinos más valorados del planeta para la observación astronómica. 

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Desde aquí, la vista de la actividad volcánica es extraordinaria. Ese día, el mirador parecía flotar en un mar de nubes en cuyo horizonte sobresalía una colosal fumarola que cambiaba de forma en cuestión de minutos. Por supuesto, el paseo por la zona y los distintos miradores bien merece un día entero, sobre todo para quienes saben disfrutar de la contemplación, la meditación o el avistamiento de aves.

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Pasado el medio día nos dirigimos nuevamente hacia a Los Llanos de Aridane en busca de otra perspectiva para ver el volcán de Cumbre Vieja. Siempre atentos a las indicaciones de las autoridades y a la información de última hora, accedimos a la carretera LP3, que en tramos circundaba la zona de exclusión, desde donde podíamos ver el volcán y su actividad más cerca. Nuevamente, nos sorprendía ver como el paisaje eruptivo se desarrollaba en medio de la imparable cotidianidad de esa zona de la isla, pues el tráfico de coches era abundante y todos los comercios estaban abiertos.

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Fue cerca del mirador de Tajuya donde encontramos un sitio que permitía aparcar. Desde ahí se observaba (con mucha distancia) la trayectoria de la segunda colada que esos días empezaba a ser noticia, pues justo había llegado al polígono industrial del Callejón de la Gata. En ese momento, vimos cómo se elevaba un «hongo» de humo de color oscuro, en contraste con las numerosas fumarolas blancas de vapor que emanaba la colada. Entonces, de forma intempestiva, llegaron coches de la Guardia Civil para dispersar a todos los curiosos. Con altavoces daban la orden de retirarnos, pues la zona entraba en confinamiento por peligro de gases tóxicos. Era el momento en que el magma había alcanzado una cementera, causando la combustión de materiales peligrosos.

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Nuestra siguiente parada fue el Puerto de Tazacorte, un lugar tranquilo, zona de restaurantes y embarcadero. Desde una explanada, donde había más observadores y prensa, podíamos ver con claridad el avance de la segunda colada, que discurría en dirección al mar y que en ese momento se encontraba a 300 metros de hacer contacto él. Si ocurría, obligaría a nuevos confinamientos por las posibles emanaciones tóxicas. Esa tarde dicha lengua de lava continuó alimentada por material incandescente, pero no alcanzó el océano. 

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Conforme anochecía, se iban vislumbrando los tonos anaranjados de las coladas y por supuesto el penacho del volcán, que había pasado buena parte de la tarde cubierto por una bruma de cenizas y humo. Ya entrada la noche, dejamos el puerto y pasamos a dar un último vistazo desde el Mirador del Time, antes de volver a Franceses.

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Martes 12 de octubre. Teníamos previsto regresar a Madrid por la noche, así que nuestro plan era hacer senderismo y pasar el día en el Bosque de los Tilos, ya sin intenciones de ver el volcán. Pero tras dejar el alojamiento recibimos un mensaje de la aerolínea que nos informaba sobre la cancelación de nuestro vuelo. Es verdad que desde el momento en que decidimos hacer el viaje, tuvimos claro que dado el contexto nuestra tolerancia a la frustración estaría a prueba y así fue. La línea aérea no nos lo puso fácil, ya que nuestras llamadas al servicio de atención al cliente no fueron atendidas y no recibimos ningún tipo de información sobre las opciones disponibles, tuvimos que ir directamente al aeropuerto y perdimos el día ahí. Estuvimos formados en el mostrador de la línea aérea durante horas y finalmente nos dijeron que debíamos ir a Tenerife, en ferri o en un vuelo interinsular, y desde ahí podríamos volver a Madrid, siempre que la posible demanda de plazas nos lo permitiera. Otra opción era ir Las Palmas de Gran Canaria. Finalmente volamos hacia Tenerife en un Canary Fly, dormimos ahí y al día siguiente pudimos regresar a Madrid.
Quizás, para reducir incertidumbre y gastos relacionados con los vuelos y aprovechar mejor el tiempo, dadas las circunstancias, mejor opción habría sido volar desde el principio en ruta Madrid-Tenerife, ida y vuelta, y utilizar el ferri para trasladarse a La Palma, estando muy atentos a los itinerarios.

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Seguimos atentos a la información de todo lo que ocurre en La Palma y todos los días nos asomamos a ver el volcán canario, a través de su directo en YouTube, que ahora sabemos, se hace con cámaras fijas colocadas en casas de vecinos que han prestado sus azoteas y brindan toda clase de atenciones a los equipos de seguimiento, según nos contó un reportero de la Televisión Canaria. Haber estado en la Palma nos ha dado una visión más sensible y real tanto de las dimensiones de este fenómeno natural, como de sus tristes repercusiones hacia los habitantes de la Isla Bonita. Expresamos toda nuestra solidaridad y apoyo a los amigos de la Palma. 

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